El reino de lo impredecible
11 Junio 2009 in Otras columnasJavier Sicilia
Proceso, 10 de junio de 2009
Nuestro siglo perdiĂł los lĂmites. Los males que desde el siglo pasado no han dejado de azotar a la humanidad tienen su origen en aquello que los griegos llamaron hybris –la desmesura–. El problema hoy tiene, sin embargo, un plus. Hemos convertido esa presencia del mal, que fungĂa como lĂmite al hombre –y que en los griegos era el accionar de un puñado de locos como Prometeo o SĂsifo–, en un derecho al que todos podemos acceder si conquistamos o nos colocamos en los centros del poder. “En nombre del bien –podrĂa decir el hombre moderno– tenemos el derecho a cualquier desmesura”.
Recuerdo en este sentido lo que Majid Rahnema –quien fue un alto funcionario en la ONU– narraba: “Cuando lleguĂ© como comisario de Naciones Unidas a Ruanda y Burundi, la ideologĂa del panafricanismo estaba en auge. Presionamos entonces para que esas naciones que querĂan mantenerse independientes se unieran. Cuando salimos de ahĂ, sucediĂł la masacre que todos conocemos”.
Algo semejante podemos mirar en la polĂtica antinarco de CalderĂłn. Cuando llegĂł al poder, en nombre de la seguridad y la salud, aplicĂł una campaña policiaca y militar cuyos resultados conocemos. De la misma Ăndole es la crisis financiera con la que cerramos la primera dĂ©cada de este milenio: Los genios financieros y matemáticos de Wall Street, despuĂ©s de medir los riesgos financieros mediante cálculos de probabilidad que se apoyaban en variaciones sucedidas en el pasado, se lanzaron a la apertura de crĂ©ditos cuyos costos tienen una analogĂa con las masacres de Ruanda y con las que a lo largo de los años la polĂtica calderonista ha acumulado.
El problema –del que podrĂamos hallar una larga enumeraciĂłn de ejemplos en todos los campos de las actividades modernas– radica en que basamos nuestro accionar en la hipĂłtesis de que, ya que la causa es buena, no sĂłlo el fin, sino tambiĂ©n los medios que se empleen, lo serán. Sin embargo, nadie, en estos casos, puede medir los costos de los mecanismos que para tal fin se echaron a andar. Obnubilados por la bondad de su acto o su derecho a hacer el bien, y confiados en su sabidurĂa de expertos en materia polĂtica y econĂłmica, asĂ como en el poder que alcanzaron o les conferimos, se ven incapacitados para pensar en las situaciones lĂmite. Imaginan que la informaciĂłn que hacen circular a travĂ©s de planes y de propaganda es tan objetiva como un kilo de arroz.
Pero tanto en polĂtica como en economĂa la informaciĂłn no es previa a la realidad; no se construye hipotĂ©ticamente. Es la realidad la que produce la informaciĂłn. Ni los expertos de la ONU, que en nombre del desarrollo y sus consensos nacionales se sienten con el derecho a intervenir en las vidas de los pueblos, ni la moral clasemediera de CalderĂłn que cree que los problemas se resuelven con firmeza y mano dura, ni los financieros y matemáticos de Wall Street que, encerrados en sus cubĂculos, piensan la realidad de los mercados en abstracciones informativas, conocen la realidad; ni siquiera se mezclan con ella. Han perdido lo que para Pascal era la base de la moral: “pensar bien”. Ellos no piensan bien, sino en el bien que el poder –conferido por el dinero, el peso de una instituciĂłn, sus diplomas obtenidos en las aulas universitarias y sus planes– los autoriza a emprender. Una forma de vivir espantosamente contagiosa.
Los hombres de hoy –empezando por los responsables de la polĂtica y de la economĂa–, antes de obrar, deberĂan aprender a “pensar bien”. Etienne Perrot, un lĂşcido economista y filĂłsofo, recordaba un principio que el Segundo Concilio de Letrán formulĂł en 1139. Dicho Concilio condenĂł el uso de las ballestas y las catapultas –no de las flechas ni de las espadas–. La razĂłn era simple, pero profunda: las flechas de las ballestas y las catapultas iban tan lejos que los soldados no podĂan prever las consecuencias de sus actos. “Cuando los daños previsibles –dice Perrot– no están circunscritos, no debe hacerse nada. Es la base del principio de precauciĂłn”.
Es tambiĂ©n lo que Rahnema concluye despuĂ©s de años de intervenciĂłn como experto de la ONU: “Si tuviera que derivar una lecciĂłn de mi propia experiencia y de lo que veo a mi alrededor, debo decir que necesitamos una Ă©tica de la intervenciĂłn (…) que sĂłlo puede surgir cuando mi mundo interior no está separado del exterior (…) Para llegar a ella habrĂa que hacer un examen de conciencia sobre las razones por las que uno hace algo, y de la responsabilidad –en tĂ©rminos de las consecuencias que se implican– cuando uno decide hacerlo, porque aun con las mejores intenciones las consecuencias son catastrĂłficas”.
El ideograma chino wu-wei (“no-acciĂłn”), que se enseñaba a los funcionarios del Estado, guarda tambiĂ©n esta actitud como una sabidurĂa ancestral. Su práctica, que implicaba asentarse en el lugar adecuado, enseñaba que a veces intervenir debe ser, paradĂłjicamente, una forma de no-intervenciĂłn.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San AndrĂ©s, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crĂmenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.
Fuente:Proceso










Carmen ojalá puedas ver este video y mas que nada hacerlo público en tu programa, tu tienes la palabra de nuestro México y por personas como tu es que podemos cambiar.
http://www.youtube.com/watch?v=100XI9DsXw0